Somos vagos por diseño
La IA no me quita la fricción que me hacía pensar, me quita la que me lo impedía. El riesgo no es pensar menos, es pensar tan bien solo que dejas de necesitar a los demás.
Ayer estuve cinco horas seguidas con Brain2, uno de mis agentes de IA, trabajando la arquitectura de una propuesta. No “pídele que la escriba y revisa por encima”. Cinco horas de discutir, de pelotear un enfoque contra otro, de tumbar la primera estructura que se me había ocurrido y encontrar ángulos que yo no tenía inicialmente. Salí con un documento denso, con decisiones complicadas tomadas y con la sensación clara de haber pensado más, no menos. De hecho MUCHO más.
Lo que hice en esas cinco horas, sin la herramienta, habrían sido tres talleres internos de cuatro horas con un equipo de varias personas. ¿Habría salido mejor? No lo sé. Y no lo sé porque no habría podido hacerlo. No tengo hueco en el calendario, ni presupuesto, ni las personas tienen la disponibilidad. La comparación no es “con IA o sin IA, lo mismo más rápido”. Es “esto, o una versión mucho más pobre, o nada”.
Os lo cuento porque llevamos semanas dándole vueltas en un chat de amigos a una idea que circula mucho últimamente y que es importante pero creo que está mal planteada. Se está extendiendo la idea de que la IA elimina la fricción, y con la fricción se va el aprendizaje. La IA nos lleva a la Rendición Cognitiva, a no pensar. Lo que nos hace mejores es equivocarnos, iterar, estrellarnos. Quitas el rozamiento y quitas el músculo. De ahí sale la conclusión, más provocando que en serio, creo yo, de que habría que reintroducir fricción a propósito o renunciar a la ayuda de la máquina.
Estoy de acuerdo con una parte, pero creo que estamos mezclando cosas.
Hay dos fricciones, no una
Cuando decimos “la IA elimina la fricción” estamos metiendo dos cosas muy distintas en el mismo saco.
Hay una fricción operativa, que es escribir el borrador, buscar la sintaxis, formatear el documento, recordar el dato, traducir, picar todo el texto. Es el rozamiento de hacer, el trabajo que cuesta pero que no aporta valor real. Esa fricción la elimina la herramienta siempre, lo quieras o no, y está bien que lo haga porque para eso está.
Y hay una fricción cognitiva, que es modelar el problema, cuestionar tus supuestos, explorar el ángulo que no habías visto, construir el modelo mental de por qué algo funciona. Es el rozamiento de pensar y esa la herramienta no la toca, a menos que tú se lo permitas.
Ese aprendizaje que tememos perder, el que de verdad te hace mejor, nunca estuvo en la fricción operativa, estaba en la cognitiva. La operativa no te enseñaba nada, lo único que hacía era comerse el tiempo y la energía que podrías haber dedicado a pensar. Por eso doy la vuelta a la frase: la IA no te quita la fricción que te hacía pensar, te quita la que te lo impedía. Y con esa fuera te queda un hueco que puedes llenar de dos maneras, pensando más o pensando menos. Eso ya no lo decide la herramienta, lo decides tú.
Por eso el debate me parece mal planteado, porque trata la fricción como un bloque uniforme. No hace falta más fricción, hace falta mejor fricción, quedarte con la que te hace pensar y soltar la que solo te hacía perder el tiempo. El que se estrella con la IA no es el que la usa, es el que se deshace de las dos a la vez sin haberse dado cuenta de que eran dos.
Holgazanería por diseño
Lo difícil es que esto choca de frente con cómo estamos construidos. El ser humano es vago por diseño, optimiza para hacer cuanto menos mejor y eso no es un defecto moral, es el motor de la evolución. Hacer menos es lo que nos llevó a inventar la rueda, la calculadora, el GPS. La herramienta entera existe para alimentar esa vagancia, para quitarnos trabajo. Pedirle a la gente que no sea vaga es pedirle que no use la herramienta, no va a pasar y además sería absurdo.
El problema es que el instinto de vaguear no distingue capas. Apuntado a la fricción operativa es exactamente lo que quieres, que se coma el trabajo mecánico, eso es progreso puro. Apuntado a la cognitiva te hunde, porque deja de pensar el que tendría que pensar. Mismo instinto, dos capas, resultados opuestos y ningún sensor que avise de dónde está la línea.
Antes no tenías que elegir, la fricción operativa te obligaba a ser disciplinado a la fuerza. No podías ser vago con el pensar porque el hacer ya te obligaba a frenar, el documento no se escribía solo, y en ese rato pensabas a la fuerza. La lentitud era un andamio que no habías pedido pero que mantenía tu vagancia a raya. La herramienta nos retira el andamio, y por primera vez la vagancia tiene barra libre sobre las dos capas a la vez.
Visto así, lo que en realidad echamos de menos no es exactamente la fricción, es el andamio. Y el instinto no va del todo desencaminado, el andamio nos protegía de nuestro propio diseño. Pero quererlo de vuelta entero es el error, porque ese andamio nos disciplinaba el pensar al precio de hacernos lentos en todo. No quieres el andamio viejo, quieres uno nuevo que solo se active en la capa que importa.
Lo que nos lleva a un sitio que no nos suele gustar: esto no se arregla con fuerza de voluntad. La voluntad pierde siempre contra el diseño (eso lo sabe cualquiera que haya intentado no mirar el móvil). Se arregla con estructura, con un hábito, con una forma de trabajar que te obligue a frenar en lo cognitivo precisamente porque la herramienta ya no te frena sola.
El límite que todavía sigue en pie
Vuelvo a mis cinco horas de ayer, porque hay algo muy importante en lo que hay que hacer foco.
Durante un tiempo pensé que trabajar a solas con un modelo tenía un riesgo evidente, que te diera la razón, que amplificara tu propio marco, que te dejara los puntos ciegos intactos, pero no fue lo que pasó. Mi primera estructura, la que llegué creyendo buena, salió de la sesión dada la vuelta. El modelo me discutió el marco, me trajo un ángulo que le daba sentido a todo y que yo no tenía. No me amplificó, me corrigió.
Aunque eso tampoco viene de fábrica. Un modelo recién salido de la caja tiende justo a lo otro, a darte la razón y a redondear lo que ya piensas, la adulación de siempre. Si Brain2 me discute es por cómo lo he construido, por el contexto y las instrucciones que le dicen que su trabajo es ponerme a prueba y no aplaudirme (de cómo se monta el bicho, sus andamios y su contexto, ya he escrito en otros artículos del blog). Eso de que te corrija te lo curras tú.
Y aun así, con el muñeco bien montado, queda un límite que la ingeniería no arregla. No es que la IA no te lleve la contraria, es que te la lleva sobre el material que tú pones en la mesa. Ese ángulo que me corrigió no salió de la nada, salió de conectar lo que yo había metido, mis notas, las conversaciones, los documentos de referencia. La IA es muy buena encontrando la tensión que ya está presente en lo que tiene delante, cosiendo piezas que tú no habías cosido. Pero lo que ninguna de esas cinco horas me puede dar es el ángulo que no está en ninguno de los documentos que aporté, el que traería esa cuarta persona del taller porque ha vivido algo que yo no, y que por eso no está ni en mis notas ni en mi cabeza para ponerlo sobre la mesa.
La IA ilumina toda la habitación, no te dice que hay otra habitación.
Y ahí está, para mí, la trampa de verdad del trabajo concentrado con IA. No es que te vuelvas vago ni que pienses menos (que me lo digan después de esas cinco horas), es que piensas tan bien y tan rápido tú solo que dejas de meter a las otras personas en la habitación, hasta que un día ya ni las echas de menos.
No es la fricción y, en el fondo, tampoco es la herramienta. Somos nosotros, como siempre. La diferencia es que ahora la herramienta es tan buena que el error ya no es trabajar peor, es trabajar estupendamente, y hacerlo solo.
Puedes consultar este y otros artículos directamente en mi blog, Latente.